
“¡Vaya, Laurita si que ha ganado peso...se ve terrible!”
Cuando le dices eso a alguien que no es Laurita, no te sientes tan culpable. ¿Pero qué si Laurita escuchó a lo lejos y después lo realizaste? Seguramente pasaría una de dos cosas: (1) Jamás querrías ver a Laurita de nuevo en toda tu vida, o (2) le pedirías perdón eternamente. ¿Por qué será que en un momento estabas tan ignorante de tu malhechura y en el otro tan avergonzado? La diferencia, por su puesto, es la presencia de Laurita.
Esta clase de faltas no solamente afectan nuestras relaciones horizontales, ya que de manera constante actuamos similarmente en nuestro andar con Dios. Lo que llamamos vergüenza delante de otra gente, lo llamamos culpa delante de Dios. La Escritura enseña que todos conocemos a Dios, pero tratamos de mantener ese conocimiento en el limbo (Rom. 1:21). Para aquellos que satisfactoriamente suprimen ese conocimiento, Dios pareciera estar muy alejado. Por lo mismo, la culpa de una vida pecaminosa también parece ser una memoria distante. Para los cristianos, en quien el conocimiento de Dios se ha manifestado mediante la obra sobrenatural de su Espíritu Santo, la culpa es muy palpable y nos afecta mucho más de lo que pensamos. Y eso es una muy buena señal, ya que la culpa es al alma como el dolor es al cuerpo; si no tuvieras dolor, no sabrías que tu cuerpo está enfermo. De la misma manera, si no tuvieras culpa, no podrías determinar la situación de tu alma ante Dios.
La culpa es algo bueno, de hecho, ¡Es un regalo! Significa que Dios se está moviendo en tu vida, dándote gracia para ver tu pecado y cambiar en lugar de ser ciego ante él. Si no puedes encontrar culpa en tu vida inmediatamente, bien pudieras cuestionarte las siguientes preguntas que te ayudarán a escarbar más allá de la superficie:
Si vieras a Dios hoy cara a cara, ¿Habría algo de lo que te avergonzarías?Si se revelaran tus pensamientos hoy, ¿Te esconderías?
Cuando Dios buscó a Adán y Eva después de haber pecado, dice la Biblia que ellos “escucharon la voz de Dios que andaba por el jardín y....se escondieron de la presencia de YHWH Dios tras los árboles del jardín” (Gen. 3:8, mi traducción). ¿Por qué será que no se escondieron antes de escuchar la voz de Dios? Sin duda que ellos pensaron que Dios estaba distante, y que seguramente Dios no se daría cuenta de su desobediencia. Pero Dios siempre estuvo ahí aun cuando la serpiente hablaba con la mujer. Qué ingenuos, ¿No es cierto? Huir y esconderse de quien lo ha visto todo, y peor aún, de quien es el único que puede salvarnos.
El evangelio es la única solución a una vida culpable. “En descanso y en reposo seréis salvos, en quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isa. 30:15, RVR1960). Es en el evangelio que encontramos que la culpa de nuestros pecados la llevó Cristo en la cruz, y la justicia de Cristo ahora la llevamos nosotros. Es esta justicia que nos hace ver cada día más como él. Dios simplemente nos dice que confiemos en él y no en nosotros mismos.
Cuando entendemos esto, la culpa se transforma en un regalo y podemos exclamar con el apóstol Pablo, “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. (1 Cor. 3:18, RVR1960, mi énfasis)
Coram Deo. Amen.










